Del principio de Una sombra

abril 3, 2017  por Emperatriz

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Y así acabó

 

El pueblo se despertó con noticia nueva y la noticia corrió por las calles polvorientas que trazaban y bordeaban las casas. Se metió en los techos altos y también en los de las chozas. Surcó los patios de jardines y sembrados y pudo quedarse entre las hortalizas y las legumbres, pero siguió y entró en los chiqueros y en los potreros, y, a su paso, las gallinas, los cerdos y las bestias se inquietaron. Firme, la noticia se mezcló con el humo que salía de las chimeneas de las cocinas, se confundió con el olor a hierba húmeda del amanecer, con el aroma del café, de las arepas asándose en las parrillas, con el de la boñiga y con el de las frutas maduras a punto de caer. Dejó un eco en los zaguanes, en la cal de las fachadas austeras, en las grietas de madera de las ventanas y las puertas, de las vigas que sostenían los techos. La noticia se volvió color, un tono más de los muchos verdes que arrojan las montañas que rodean al pueblo, que surgen de los árboles de los parques y calles. Y fue polvo, polvo que dejaron las carretas, los carros de carga, las pisadas de las mulas y el paso apurado de las mujeres, hombres y niños que a las cinco de la mañana iban en busca de la misa. Y apenas a esa hora ya era un presagio de charla para los corrillos de la noche oscura, interrumpida por las velas de sebo en las casas y por las lámparas de aceite en las esquinas que bordean la plaza donde los hombres, al final del día, cuentan los sucesos. La noticia se revistió del carácter fuerte y obstinado de la gente de Gómez Plata, gente con oficio de mineros y de labriegos, dueños, herederos y arrendatarios de una tierra que a pulso erigieron como pueblo. La noticia se quedó allí para ser oída por las generaciones futuras. Se oirá duro como el canto de cien gallos al amanecer, como el coro de cien mujeres rezando el rosario; también será el murmullo tras el juego de a la rueda, rueda, que jugarán los niños, o el arre de los arrieros, un silbido lento en las tardes de viento, una nota más del currucutú nocturno. Sí, se quedó en las tiendas, en el paradero de los buses de escalera, en los cafés, y saldrá entonada en alguna canción de voz adormecida al son de una guitarra o de un tiple, o quizás en el ruido gangoso de algún radio.

—Es una tumba, Padre.

—Todavía tiene velas encendidas.

—Las margaritas están recién plantadas.

—¿Y don Pompilio ya lo sabe?

Nadie sabía, nada  sabían, solo estaban la tumba y la casa vacía. Paulina y José se habían ido y en la madera, puesta en la cabecera de la tumba abierta en el jardín de entrada a la gran casa, decía:

 

Aquí reposan los restos de Abigaíl, la hija tarada de Pompilio y Juanita,

la má de Paulina.

 

—Andá, Aníbal, mirá si es verdad —mandó el padre Danilo al sacristán—, no vengás sin razón clara, mirá que esto es muy delicado.

—Pero ¿y la misa?

—No te preocupés hombre, yo me encargo, andá.

Y desde el púlpito, en medio de la paz sea con vosotros, el padre Danilo, al mirar hacia la entrada de la iglesia, se encontró con la figura de Aníbal que, vestido de sacristán, juntas sus manos a la altura del abdomen, afirmó con su cabeza la noticia.

Un final de misa apurado y luego una procesión de hombres y mujeres siguieron al padre Danilo hasta la esquina de Los Saltos. Las pisadas eran firmes, y la respiración agitada. En la casa de Paulina y José un corrillo de niños y muchachas descalzas se estrujaron para ver qué había adentro.

—Abran campo, denle paso al padre —gritó una mujer y otras más se adelantaron para mover a los muchachos que estorbaban el paso.

—Ave María Purísima —se escuchó, y muchas manos se persignaron.

Después de atravesar el barandal que separaba el ingreso a la casa de la calle principal, el padre Danilo caminó solo. Frente a él, el portón abierto, como si sus habitantes estuvieran adentro, a su derecha un sembrado de rosas y a su izquierda el montículo de tierra enmarcado por margaritas que aunque florecidas se veían recién plantadas. Sobre el montículo la tabla que daba cuenta del epitafio y en el epitafio la protesta, la denuncia.

—¿Abigaíl?

—¿La má de Paulina?

—Esto es de locos, algún mal que le hicieron a la niña Paulina.

—¡Vio!, era cierto, siempre es cierto. Pero no, tienen que ver, ciegos, brutos. Yo la velé, con la hermanita. Pregúntenle, ella sabe, ciegos, brutos —gritó el Cojo Hernán en su paso por la casa.

De pie, en el portón, la hermana Clarisa parecía un espectro.

—¿De dónde salió usted, hermana? —preguntó el padre Danilo.

Que acababa de llegar, que había pasado para la misa pero no siguió al ver la tumba, que no encontró a nadie más que al Cojo Hernán. Eso dijo la hermana, mientras afuera, tras el barandal, el corrillo de gente hacía formas para esquivar a los perros de don Tobías, el vecino, que se soltaron de sus correas de tanto halar al ver el tumulto.

Patadas, gritos, llantos y aullidos de dolor animal fueron esquivos a los oídos del padre Danilo y de la hermana Clarisa.

—Nada más se llevaron la ropa, la casa está intacta, aún hay regalos de la boda sin destapar, ni una nota, ni un recado, apenas el epitafio.

El padre se santiguó cuando decidió ir a La Herrería para darle la noticia a Pompilio. Quería que la monja lo acompañara, pero le pidió que se quedara cuidando la casa. Él iría solo, como solo había ido muchas veces. Y atravesando el jardín se santiguó de nuevo:

—En vez de chismosear, recen por el alma de esta mujer, y ni se les ocurra pasar la baranda, esto ya es campo santo.




3 respuestas a “Del principio de Una sombra”

  1. piedad gil r dice:

    Querida E…scritora, muy bello tu blog. Intrigante y hermoso el comienzo de UNA SOMBRA.

  2. Samuel Herrera G dice:

    Que buen libro …te atrapa de principip a fin !

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Emperatriz Muñoz Escritora